Primera potencia mundial hace tan solo unos decenios, Inglaterra no conserva de su pasado colonial más que algunos souvenirs de los cuatro puntos del Imperio, y una corona, de la cual despotrican los diarios sensacionalistas en tono burlón. Pero no hay espacio en el espíritu inglés para lamentaciones, sino más bien para la autoderrisión frente a una historia sin parangón. Para comprenderla hay que impregnarse de las costumbres de otras épocas – la ceremonia del té siendo el ejemplo más característico – que enmarcan las tradiciones inglesas. Descifrar con una sonrisa en los labios lo que representa la antigüedad de este país, y descubrir con la boca abierta Londres, que fascina por sus excesos, su increíble mezcla de comunidades y su gusto por la excentricidad. Pero hasta en la costa Sur del país, más cercana a la vida de pueblo, la vida se desarrolla con un ritmo muy intenso. La educación inglesa es una de las más reconocidas del mundo, especialmente los centros universitarios de Oxford y Cambridge, donde es muy fácil conocer otros estudiantes y realizar la visita obligada a cualquier pub. En cuanto a la gastronomía inglesa, es imposible privarse de visitar el único legado positivo del Imperio, la enorme cantidad de restaurantes indios y paquistaníes. Los amantes de la cultura Pop o del arte clásico, a los que le gusten los paseos a caballo o en bus duplex rojo, a los que les apasiona los monumentos o las discotecas, todos encontrarán su sitio en un país que atrae a los polos opuestos. Es en esto en lo que se reconoce a un país que respira independencia por todos sus poros.
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