Aquellos que hablan de alma rusa, sueñan con territorios de una inmensidad infinita y con una melancolía a flor de piel que sólo himnos graves pueden acallar. Esta alma existe todavía en las tabernas de San Petersburgo, donde se recitan versos que trasladan al siglo pasado, o en el metro moscovita, cuyas majestuosas estaciones se suceden como un estribillo recurrente.
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Pero Rusia es también otra cosa. Una tierra de acogida para aquéllos que deseen despertarse cada mañana ante un panorama metamorfoseado en un país que avanza con extrema rapidez. El Moscú de hoy no tiene nada que ver con el Moscú de mañana, donde las crónicas del Imperio zarista, de los soviets y hasta de la joven democracia parecen a veces fusionarse. Desde hace quince años, el país ha evolucionado de forma increíble y podría convertirse muy pronto en el nuevo pulmón de Eurasia. Un destino construido entre cúpulas ortodoxas y gigantescos parques de atracciones, por una población que intenta olvidar los problemas cotidianos y le tiende la mano a su interlocutor para celebrar la llegada de la noche, con una música impetuosa y platos exquisitos. Para salir de la zona urbana, hay que tomar el tren y pasar al menos una noche en uno de esos vagones donde se acostumbra a beber té y a jugar al ajedrez. Estas escapadas son la ocasión ideal para conocer las grandezas de Rusia. Por otro lado, las tradiciones del siglo XVIII se conservan intactas no sólo en los palacios y museos, sino también en la lengua y en la poesía.
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