En los «pubs» de Dublín, un estudiante de inglés puede practicar durante horas sus conocimientos escuchando versiones, bastante libres, de las leyendas celtas. Historias que pasan de padre a hijo contando la historia de esta magnífica gente que habita estas praderas de un verde resplandeciente. Irlanda es un lugar donde se toma el tiempo de escuchar a la gente, que no se parece a ningún otro país de habla inglesa, tiene una singular magia en el ambiente que nace en sus valles, en sus sitios arqueológicos adosados a sus iglesias medievales y sus inenarrables fiestas al ritmo de música gaélica. Una sabia mezcla entre humanidad y naturaleza. Si bien esta pequeña República no cambia su pasado por nada, goza de una próspera modernidad. Dublín se ha convertido en un importante centro cultural de Europa con una juventud que afirma su independencia frente a su vecino británico. Sus barrios están llenos de vida y los festivales se multiplican y parece ya lejano aquel tiempo en que este país no ofrecía a sus visitantes, más que el silencio de sus inmensas extensiones baldías.
Una de las mejores formas de pasar una tarde en Irlanda es sentarse en la terraza de un bar, tomarse una Guinness, leyendo textos de James Joyce u Oscar Wilde, hijos pródigos del país, y así hacerse una idea de la divertida e irónica forma de la cultura irlandesa.
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