Países Bajos, Frentes en Alto
Se debe viajar un día de frío mordaz a este inmenso dique que le prohíbe a las aguas infiltrarse demasiado en las tierras que le han sido arrebatadas al mar. Esto para entender a este país que ha sabido escapársele a los elementos, que ha conquistado con el paso de los siglos una presencia incomparable en el mundo.
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Pequeña gigante como Suiza, pero dos veces más poblada, Holanda impresiona a primera vista. No se trata únicamente de sus molinos de viento, ni de sus tulipanes o de sus pólderes. Tampoco de sus bosques eólicos que parecen un museo de arte contemporáneo al aire libre. Se trata de su profusión, en un espacio tan reducido. Es posible callejear entre los canales de Ámsterdam para entrever una parte del misterio holandés. Además, la ansiedad. Toda la producción de los pintores flamencos habla tanto de la belleza confinada allí, que es imposible evitar sentir la necesidad de correr a verlo todo. Los museos holandeses, creados a imagen y semejanza del país, evocan aquél reino extendido desde la Amazonía hasta el África septentrional, y desde allí hasta los archipiélagos asiáticos. Un país universo. Tierra protestante donde nació un espíritu algo capitalista, pero también un modelo de mestizaje cultural. A su manera, los Países Bajos se parecen a Japón. Un territorio reducido, casi insular, amenazado por los elementos, que crea escuelas de pensamiento, un arte de vivir y una resistencia. Este es el sentimiento actualmente, incluso entre los jóvenes holandeses. Una independencia y un interés embriagador por el resto del mundo. Su idioma, el neerlandés, es producto de su estilo de vida. Pues parece haber absorbido los idiomas vecinos.
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