Bélgica, al menos una vez
”Eendracht maakt macht”, declara la divisa nacional en holandés. “La unión hace la fuerza”. Pequeño estado federal donde los idiomas y los temperamentos se intersectan, pero, sobre todo, donde el reinado de la corona es omnipresente. Bélgica es un resumen de Europa, en el cual Bruselas, la iluminada, es el lugar de común acuerdo.
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Una visión de largo alcance, en una capital donde las instituciones continentales se instalaron hace ya bastante tiempo. Se trata de varios universos que son entretejidos por este país, en cervecerías donde los mariscos encuentran su perfecto maridaje en el lúpulo. Habría que remontarse a un lejano pasado, al tiempo de las conquistas, para hacerse con una buena definición de este prodigioso país. Flandes, barcos atiborrados, puertos enormes, materiales y hombres que viajaban sin cesar. La aventura belga se lee en sus muros, casas señoriales de burgueses nómadas. Pintores pasarían por allí para inspirarse en sus cálidas luces. Las ciudades de Amberes, Brujas y Gante, guardan la memoria de un estado fundado en intereses compartidos y en una apertura hacia el Mar del Norte. Hoy, Bélgica se estira hasta Ostende, entre la pesada bruma de sus muelles, sus tabernas, museos y salas de conciertos. Bruselas, por su parte, más allá de ser la capital política de Europa, es una potencia cultural. Sus teatros irradian los cinco continentes. Con la influencia de antiguas comunidades coloniales, los congoleños en particular, el país se ha convertido en lo que siempre deseó ser. Un extracto del mundo. Siendo una integración de francófonos y neerlandófonos, los belgas reinventan sin cesar las razones para seguir juntos. ¿Qué les une por encima de todo? Una amabilidad única.
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