“Sobre todo no os precipitéis y no os dejéis amedrentar por el respeto.” Escribía Nicolas Bouvier, a su regreso de un periplo por Japón, previniendo al visitante que a veces se deja intimidar por los tabúes, hasta el punto de no permitirse hacer nada.
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Este conjunto de islas del Pacífico puede llegar a ser desconcertante para otras culturas. A veces, es difícil incluso diferenciar entre el «sí» y el «no», o saber con certeza si la actitud adoptada es adecuada a las circunstancias. Pero en definitiva, Japón nos invita a ser nosotros mismos. Recorriendo las centelleantes vías de Tokio u Osaka, sus barrios de neón, su ruido de máquinas, su incesante tráfico peatonal; o tomando un descanso a la sombra de los jardines acuáticos de Kyoto y en aquellos templos donde el incienso perfuma todo el día, la vista no se fatiga, porque todo en Japón es sorprendente. Desde la Era Meiji, en el siglo XIX, este país ha decidido imponerle al occidente su ritmo trepidante: trenes de alta velocidad, pistas de esquí cubiertas, galerías comerciales que venden sin tregua lo que acaba de ser diseñado. Japón es una nación de excesos, pero también muy íntima. Intimidad que se percibe no sólo en los pueblitos de madera, donde se puede disfrutar de aguas termales, sino también en el corazón mismo de las ciudades. Allí, es frecuente asistir a algún teatro y observar cómo un arte milenario como el Nô se perpetúa a través de gestos de una sensualidad perturbadora. Por otro lado, una exquisita gastronomía, que usted encontrará en pequeños establecimientos de precio módico, constituye una puerta abierta a la libertad de elección.
Japón, país de cultura, se erigió entre tifones y delicados vientos de mañana: arreglos florales e industria automovilística, imperios sucesivos e independencia... Para penetrar en este mundo, hay que dejarse llevar.
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