Existe un misterio italiano que nada tiene que ver con las ancestrales recetas de pastas a la gorgonzola ni de antipastos. ¿Cómo se explica entonces que un imperio temible, que hasta hace sólo dos mil años dominaba a dos tercios del mundo, se convirtiera de repente en el reino incontestable de la «Dolce Vita»?
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Basta con visitar Roma para entender que la cultura antigua de este país le concedía una importancia vital a la calidad de vida: teatros, baños termales, estadios…
Italia, desde sus tiempos más remotos, cuando los etruscos sentaron sobre siete colinas las bases de una nueva civilización, ha abrigado culturas y pueblos que han sabido disfrutar de los placeres de la existencia. Quizás sea una cuestión de clima o una vocación de estetas, el hecho es que este país ama la belleza. Es la única manera de entender el milagro de Florencia, que ha heredado las delicias arquitectónicas del Renacimiento, y que compite en elegancia con otras ciudades como Venecia y Milán, denominada esta última la capital mundial de la moda. Italia se ha expandido alrededor de múltiples centros, con intereses distintos y acentos diferentes. Prueba de ello una gastronomía que despliega, de norte a sur, encantos propios de cada región específica. Recorrer los extensos terrenos de la Toscana, donde el vino se alimenta de un sol que acaricia, o escapar hacia sus costas meridionales, donde las tierras volcánicas fertilizan los olivos, sea cual sea su elección, la península es un enorme mosaico de sensaciones.
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